Con el año nuevo parece que las cosas tomaran carices nuevos. Las calles se inundan de nuevos propósitos que nunca cumpliremos; y los corazones de esperanzas de que lo que está por venir será mejor que lo que fue.
Las retrospectivas se convierten entonces en las conversaciones durante los cafés de sobre mesa y los proyectos en común en bandera de las cenas románticas.
El año nuevo es una excusa para hacer lo que se nos quedó en el tintero, y para coser los bolsillos rotos de nuestros pantalones de tanto esconder las manos temblorosas en ellos. Pero, excusa o argumento, con o sin razón, es bueno. Porque aunque sólo sea por tradición, por cultura, empapa cualquier cosa de novedad.
Que luego sea, o no, igual que cualquier otro depende un poquito de nosotros. No de lanzar promesas al aire con la vaga esperanza de que sean recogidas por algún ser de fantasía, sino de construir castillos de arena grano a grano.
No prometeremos, querida mía, que este año olvidaremos. Sí, en cambio, que perdonaremos.
No prometeremos que nos vengaremos, sí, por otra parte, que intentaremos ser justas.
No rezaremos a ningún Dios por las noches, pero sí reflexionaremos sobre lo hecho, y lo más importante, lo que nos queda por hacer en este año que entra.
Vendrán adversidades, no lo dudamos, ni lo hagáis vosotros. Pero si nuestra valía es real, lo que haremos será crear, como dijo el buen Gala.
Crearemos proyectos. Crearemos personas. Y crearemos, por dentro de nosotros mismos, buenas intenciones.
Es hora de pararse a pensar, reflexionar, querer, perdonar, apreciar, olvidar, crecer, madurar, considerar y reparar. Porque es ahora cuando va a empezar a venir, todo aquello que queda por, precisamente, venir.
Bss
Sofía