Sofía
-Aquel era un pueblo pequeño en el que todos tenían aprendidos sus papeles.-
Don Tomás, el párroco, era un hombre menudo y algo entrado en carnes, más dado a coger la azada que el cáliz de oro, único tesoro de aquella feligresía cuya iglesia, secreta joya románica, tan sólo mostraba el brillo que las piedras adquieren cuando muchos pies caminan sobre ellas. Ningún otro adorno.
El sacerdote acostumbraba a pensar en el tamaño de Dios, concluyendo, tras largas horas de oración y algún cigarrillo, que Éste debía ser tan grande que era harto improbable que cupiese en un trozo de pan o en una copa, por muy de oro que ésta fuera. Nunca sintió el temor reverencial que debería profesar al oficiar la santa misa, pese a no ser ajeno del todo a ese cosquilleo de sentir al msimísimo Dios entre las manos. Día tras día, cuando cogía su arado y rasgaba la tierra dejando al descubierto su oscura y húmeda fertilidad, no podía evitar coger un puñado de esa misma tierra y frotarse con ella todo el cuerpo. Era su secreto, pues de haberlo visto, muchos le habrían tomado por el loco que no era. Habiendo renunciado al placer carnal por el voto de castidad, aquellos momentos eran su Aurora particular: ¡Ay, Aurora! Cuánto debería haber aprendido de esa mujer que lo inició en los secretos del amor a fuerza de escapadas furtivas y magullones en las rodillas. Pero el amor no llegó y eso hizo que las ansias por encontrarlo arreciaran. Creyó que la fe supliría la falta de saberes y no se equivocó, pues durante un tiempo sintió que salía de su corto cuerpo para encontrarse con lo más alto. Hasta que lo perdió. En sus homilías enseñaba cómo orar, pero nunca dijo que, para él, el tabernáculo no estaba dentro de los muros de una iglesia, ni habló de su particular comunión diaria. Nadie puede dar a conocer lo que sólo se intuye. Y Don Tomás sólo intuía que Dios es demasiado grande para dejarse encerrar. Él podía olerlo... Podía escucharlo... Pero todavia le faltaba por descubrir cómo era.
Este año a Don Tomás le tocaba ser San José.
¡Pobre Don DOmingo! Negro estaba por fuera, pues como buen Baltasar había tenido que tiznarse entero con carbón, y negro estaba por dentro, pues no sabía nada de Doña Ana, la preñada que tenía que haber parido hacía ya dos semanas. El caso es que no tener noticias era una buena señal, pues quizá la buena señora hubiera decidido parir, en cuyo caso el niño Jesús estaba asegurado, aunque hoy, día veinticuatro de diciembre y vísperas de Navidad, no pudiera asistir al ensayo general.
De constitución nervuda y algo dado al mal vino, Don Domingo no gozaba de buena fama entre las mujeres del pueblo, recelosas de las costumbres algo libertinas del señor, quien nunca quiso quedarse con una sola, pese a que pretendientas tuvo las suyas. Por eso seguían recurriendo a Doña Pura, la matrona, y pariendo cada una en su casa, aunque luego le contaran tal o cual patraña para justificarse y poder seguir contando con las recetas de la Seguridad Social que él tan generosamente repartía ante cualquier mal que le confiasen.
Varios meses atrás, llegó Doña Ana a su consulta con la angustia pintada en la cara y una duda flotando a su alrededor. Nada más verla entrar supo de su preñez, así como que la criatura sería un niño, pues entró al gabinete andando sobre los talones, signo inequívoco de que esperaba varón. La soltera, pues así es como se la llamaba más que por su nombre, nunca dijo el nombre del padre: "No tiene", contestaba a los muchos chismosos que hacían sus propias apuestas.
Cuando Don Domingo le calculó las fechas en las que saldría de cuentas, una nueva alegría se sumó a la de su embarazo. El niño nacería poco tiempo antes de la función, por lo que ella y su hijo serían este año la Vírgen María y el niño Jesús. Su única preocupación durante los siguientes meses fue que no se hubiese equivocado Don Domingo al predecir el sexo del niño (tampoco a ella le inspiraba mucha confianza el doctor), por lo cual varias veces fue a visitar a Doña Remedios, la mestiza de la botica.
Doña Remedios no tenía ni un solo diente. De edad nunca confesada, los mayores del pueblo la recordaban zagala siendo ellos todavía niños y a ninguno le sonaba haberle visto los dientes. Se ocupaba de atender la botica pues la farmacéutica vivía en un pueblo más grande y sólo venía una vez al mes para traer lo necesario y llevarse lo sobrante. Doña Remedios hacía y deshacía a su antojo, libre entre frascos de hierbas y siempre absorta en alguna fórmula magistral para los pensares del alma. Con la única persona del pueblo con la que se sentía agusto era con Don Tomás, el cura que había intentado hacerle pisar la iglesia con el mismo ahínco con el que, tiempo después, una tarde de confidencias con olor a romero, había reconocido haberse equivocado. Desde entonces, todos los viernes daban juntos un largo paseo por el monte, aprovechando Doña Remedios para coger sus hierbas y Don Tomás para coger esperanza. "Falta me hace, Reme. Falta me hace".
"Es un niño". Fue lo que le dijo a la soltera cuando el péndulo suspendido sobre su mano comenzó a moverse en línea recta.
"Es un niño". Repitió cuando Doña Ana rechazó el vaso de leche y bebió de un trago uno de vino que ella misma le había ofrecido.
"Es un niño". Dijo por última vez cuando la preñada le contó que, en sus sueños, los pájaros volaban hacia el oeste.
Doña Ana andaba convencida de que su "Manuel" nacería antes del día veinticinco, y no se equivocaba, pues la tarde del veinticuatro, cuando todos iban vestidos de pastores al ensayo general, ella atravesaba la plaza corriendo en dirección contraria, hacia la casa de Doña Pura, esperando que ésta no se hubiese colgado ya las alas de cartón y purpurina del traje de ángel, y que pudiese atenderla, pues creía que, después de tanto tiempo de espera, el niño por fin se había decidido a salir. Con las manos agarrándose al duro vientre llegó a la casa y su alegría fue tan grande como la cara de sorpresa de Doña Pura, que andaba ocupada dándole los últimos retoques a la barba de Melchor, que no era otro sino Don Francisco, gran hombre, buen padre y mejor marido.
Doña Pura nunca entendió a los hombres. Sólo quiso a uno en toda su vida, pese a haber sido la más pequeña de cinco hermanos, todos varones. Cuenta que tardó medio minuto en enamorarse de Paco, otro medio en decidir casarse con él y quince más en engendrar a la que sería su primera niña, Rosa, a la que luego seguirían otras seis, siendo siete en total las hijas del matrimonio. A la madre y a las hijas las llamaban "las zurdas", pues ni una sola de ellas sabían manejarse con la mano diestra. Todo en esa familia era grande, los cuerpos y los espíritus, pues por mucho desatino que viniera, nunca perdían las carnes, ni las ganas, ni la sonrisa.
Cuando vio a Doña Ana en la puerta de su casa, sujetándose a duras penas y temblando de puro miedo, supo que algo andaba mal.
"El niño se ha agarrado". Fue lo que le dijo a la atemorizada madre: "Tendremos que engatusarle para que salga".
Embadurnó los muslos de la parturienta con toda clase de sustancias. "No te preocupes, que alguna le gustará y querrá salir para probarla".
Con la compota de manzana las contracciones arreciaron, por lo que creyeron que, por fin, habían encontrado la debilidad de Manuel, pero al poco pararon, por lo que probaron con la de membrillo, pera, naranja, ciruela, albaricoque, melocotón, higo, tomato, mora, fresa, arándano... Todas las que doña Pura guardaba para los partos fueron desfilando por la entrepierna de doña Ana. Y aunque prometía ser goloso, pues con el salado ni siquiera se endurecía el vientre, las compotas no dieron resultado.
Más de tres horas llevaban en éstas, cuando la pequeña de la matrona apareció en la sala con un tarro de miel en las manos.
Cuando el día veinticuatro había terminado y el veinticion lucía un minuto, nació Sofía. Hembra pequeña, desgarbada y aficionada a la miel. Vino en silencio, sin llorar; sólo una bocanada de aire inicial y un largo suspiro de aceptación.
Llamaron a la puerta.
Don Tomás entró en la alcoba con el agua bendita que necesitaba para bautizar al recién nacido, pues era costumbre en el pueblo que los niños fuesen bautizados nada más nacer. "Es por lo del limbo", contestaban a quienes les preguntasen. Detrás de él venía una comitiva con todos los que, habiendo oído repicar las campanas, supieron que había llegado al mundo uno de los suyos.
Unos llevaban buñuelos todavía calientes, otros ponche para reconfortar el espíritu, algunas llevaban pañales hilados por ellas mismas, los más, sólo llevaban el cuerpo y el alma llenos de buenas intenciones.
Doña Remedios se hizo paso a codazos y empezó a encender velas a diestro y siniestro, dándole una a cada aldeano. "Es la luz, es la luz, es la luz", salmodiaba a media voz mientras las repartía. Pese a tener la vista de una lechuza, no había conseguido distinguir las facciones dela criatura al mirarla, sino un tenue resplandor que salía del pequeño bulto acurrucado junato a su madre. "Se acabó la oscuridad".
Don Domingo no conseguía apartar los ojos de la recién nacida. Sumido en una especie de duermevela la imaginó como la joven en la que se convertiría. Todo lo que él hubiese querido en una mujer estaba ahí, en esa imagen de futuro de la hembra más hermosa jamás imaginada. "Será una diosa", pensaba mientras, a su alrededor, las luces desaparecían para dar más nitidez a su ensueño. "Conocí el amor".
Doña Pura supo que no sería ninguna de sus hijas la que continuara su labor en el pueblo. Esa niña no olía como los bebés recién nacidos, con ese vaho agridulce que empapa la piel del que acaba de llegar a este mundo. No. Desprendía un tierno aroma a leche, a miel, a lavanda, a sábanas calientes en invierno, al agua fría del verano. Olía como huelen las parturientas cuando ven la cara de su hijo por primera vez. "Huele a madre".
Nada más ver a la niña, Don Tomás levantó las manos al cielo agradeciendo la bendición que, sin buscarla, había llegado hasta él. El frasco con agua del Jordán se hizo añicos contra las baldosas de barro, derramándose su contenido por el suelo, mezclándose con la compota de manzana, la de membrillo, la de pera, la de ciruela, la de albaricoque, la de melocotón, la de higo, la de tomate, la de mora, la de fresa, la de arándano, y con el torrente de lágrimas del párroco, incapaz ya de mirar otra cosa que no fuera aquella niña flacucha. Con la delicadeza de quien se sabe tocando al mismísimo Dios, el cura que rezaba arando introdujo su dedo meñique en la boquita cerrada de la recién nacida y, con la saliva de ésta, ungió su corazón primero, el de los demás después.
Y salió de la casa corriendo hacia el lugar de los campos, donde todos tenían su pedazo de tierra para cultivar lo que luego habían de comer.
Tirado en el suelo,arañando con las manos la helada capa que encerraba la oscura tierra fértil, imploraba una confirmación para lo que, dentro de él, ya sabía.
Mujeres, hombres y niños. Todos habían salido tras él para ver qué era lo que tanto había turbado al tranquilo Don Tomás. Después de largos años en los que la tierra se negaba a bendecirles con su fecundidad, en los que las semillas morían secas y congeladas antes de nacer, en los que las plegarias se habían convertido en gritos de desesperación, nadie creía en los milagros. Por eso, cuando Don Tomás sacó las manos llenas de semillas germinadas, de cientos de pequeños brotes verdes de vida, con las campanas tocando a lo lejos, las estrellas sobre sus cabezas y el pecho ungido con la saliva de esa niña recién llegada, aquel pequeño pueblo recuperó su fe.
El día veinticinco de diciembre de un año cualquiera se representó, como todos los años desde que alcanza la memoria, el nacimiento de Dios.
Todos tenían aprendidos sus papeles.
Doña Ana era María.
Don Tomás era José.
Y una niña, llamada Sofía, fue Dios.
Me he tomado la molestia. Casi dos horas. No creo que te importe. Sabes que es un homenaje. Me ha sorprendido encontrar más de tí de lo que al principio creí aquí; pero más me ha sorprendido descubrir a su vez mucho más de mí aquí desde la primera vez. ¿Tanto he cambiado? ¿O has, hemos, han despertado en mí cosas extrañas? Me sigo sintiendo una extraña en un mundo extraño. ¿Soy tú? ¿Eres yo?. Serán las deshoras, pero tengo un sentimiento trascendental aquí dentro.
Magia.
Y besos para ti.


3 Comments:
a cual iglesia vas sofia? a la que tiene Pila bautismal?
¿Juegas, entonces?
Andrés, una pregunta: ¿Cuándo publicamos a Cosme y Damian? En el ...
Publicar un comentario
<< Home